La mitología es uno de los terrenos en los que se puede observar con más claridad el cambio de paradigma que ha tenido lugar entre el marxismo (dominante hasta el año 1989) y la magia, que ha empezado a extender entre todo tipo de público desde finales del siglo XX, pero especialmente en los últimos años.
La influencia del marxismo se hizo notar en los estudios de mitología de una manera clarísima. Se buscaban causas materiales tras los mitos, razones económicas, rutas comerciales, etcétera. Esta influencia se notaba incluso en pensadores muy alejados del marxismo, que practicaban estudios de tipo más fenomenológico, psicologista o simbólico.
Pero ahora hay cada vez más escritores que introducen la magia en sus explicaciones, pero no sólo porque destaquen la importancia de la magia en el tema estudiado, sino porque literalmente creen en ella. Así lo hace Peter Kingsley, por ejemplo, en su estudio acerca de Parménides (o Parmeneides):
“De la misma manera que nos gusta creer que somos nosotros quienes “hacemos los descrubrimientos”, también pensamos que “tenemos” sueños. Pero lo que no comprendemos es que algunas veces otros seres se comunican con nosotros a través de nuestros sueños, de la misma manera que intentan comunicarse a través de acontecimientos externos” (En los oscuros lugares del saber, 153).
Kingsley no está intentando mostrar ni explicar la visión de un griego que asiste a los rituales, no está intentando ponerse en su lugar: habla por çél mismo. Es él quien opina que otros seres nos visitan a través de los sueños. Pero, al mismo tiempo, Kingsley no habla (o no habla siempre) como un charlartán de feria: es un erudito temible y un estudioso que conoce a fondo sus fuentes. Un contraste curioso, sin duda. Tal vez, dirá un pesimista, una muestra más de cómo los lunáticos se apoderan del método científico, extraordinariamente semejante al como lo hacen los creacionistas. Ellos han aprendido de sus enemigos. Tal vez los científicos podrían aprender también de ellos: cómo resultar más cautivadores para audiencias no científicas o especialmente crédulas.
Se podría quizá encontrar una comparación interesante con la interpretación de la música barroca: como es sabido, durante décadas se olvidó cómo se interpretaba la música barroca, especialmente la parte del bajo continuo.
Así que la música barroca se interpretaba casi siempre a la manera romántica (digamos, como lo hacia Karajan). Frente a esta interpretación barroca había otro modo muy frío, formal, mecánico. Eran las dos maneras de ver (y sobre todo escuchar) la música barroca. Pero ambas eran érroneas. La manera romántica ponía en la música barroca sus propias ideas de una manera exagerada, mientras que la manera formal era aparentemente científica, pero perdía lo esencial. Después, poco a poco, se empezó a investigar cómo se interpretaba la música barroca, y se hizo no leyendo uan y otra vez las partituras, sino buscando detalles en cronistas de la época, desde Casanova a cualquier novelista que hubiese contado qué hacían los múiscos en un concierto barroco. Se rescato así una manera de interpretar que unía el rigor de la manera formal junto al ardor y vida de la manera romántica. A veces, incluso, con instrumentos originales, aunque ese es seguramente und etalle no tan imprescindible.
Me da la sensación de que también existe un camino intermedio entre el vuelo mágico y el metro subterráneo científico. Entre volar por el aire estrellándose continuamente con los edificios y el caminar sólo alrededor de los cimientos.