Existen vividores que llegan a la conclusión de que existen dos mundos escindidos, en uno de los cuales se hallan los placeres, las locuras de juventud, la aventura y la seducción, mientras que en el otro habitan el trabajo, el esfuerzo, la responsabilidad y el deber.
Estas personas se ofrecen a sí mismas tan sólo la posibilidad de vivir en un mundo o en el otro, renunciando por ello, tarde o temprano, a los placeres que se les presentan, aunque sientan que pierden algo que era suyo y que estaba a su disposición, pero que, al mismo tiempo, les confirma en lo acertado de su renuncia, que se demuestra a sí misma gracias a esta sensación de pérdida.
Pero eso no les impide de tanto en tanto recaer de nuevo en los errores pasados , movidos muchas veces por el deseo de no decepcionar a sus amigos, o con el propósito de negar que ya no son jóvenes,y precipitarse una vez más, que siempre es la última, a ese mundo de los placeres desordenados, cuyas horas trascurren inevitablemente de noche.
Y aquí, en esta elección, en esta última incursión en el mundo del placer, se entregan con la misma convicción y empeño que empleaban horas antes en el mundo del deber, pero sin poder evitar, e incluso buscando, los remordimientos, la ocasión constante para lamentar el paso que han dado, pues quieren sufrir con anticipación por cada nuevo movimiento que, llevándoles en una nueva dirección, les aleja del buen camino. “Debería estar allí”, se dicen, y se repiten promesas de reforma que postergan día a día, pero que les atormentan en cada una de sus horas, que amargan la dulzura obtenida en cada placer, que parecen reprocharles cada nuevo gesto, cada nueva pequeña alegría, cada nueva jornada en ese mundo del que saben, a pesar de la embriaguez momentánea, que hay que huir.
Lo harán finalmente, aunque la espera se prolongue, y serán redimidos, casi siempre por unos hijos, por un amigo que fue demasiado lejos y se detuvo antes que ellos, o por una mujer o un hombre que parece estar allí en el preciso instante en el que ya todo parecía perdido, en el que ya el camino de regreso se les ocultaba.
Pero casi nunca resulta fácil saber si su redención se ha producido por la intervención de un ángel salvador o si encontraron al ángel salvador porque ya empezaban a redimirse. Pero, por esa gratitud del ahogado al que la mano de un desconocido ha salvado en el último instante, y poco le importa que la mano sea la de un criminal o la de un santo, ellos asocian su nueva fe y su nuevo estado a la persona que creen les ha salvado, pero a la que seguramente ellos han situado allí, en su camino, porque había llegado el momento de ser salvados y regresar a la otra orilla.
Pero ahora, cuando cruzan a uno o al otro lado, al mundo del deber, nunca consideran que exista la posibilidad de transportar consigo los pertrechos del mundo al que renuncian, al que sólo conservarán en su memoria como la tierra de promisión o como el cautiverio de Egipto, del que han sido liberados pero que, en cierto modo, siguen añorando, como el liberto romano que al comprar su libertad compraba también un mundo de decisiones y responsabilidades que le hacía añorar aquel otro en el que no era libre pero todo era más fácil.