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Noúmenos y phenómenos

“Aunque se dijera que toda esta vida no es más que un sueño y que el mundo físico es un puro fantasma, ese sueño o ese fantasma me parecerán suficientemente reales si al usar bien la razón no quedáramos nunca defraudados”

Leibniz.

Esta frase, citada en una antología de James R.Newman, resume perfectamente algo que he estado argumentando en los últimos días (ver Sexto Empírico y los escépticos y Comentario a los diálogos entre Hylas y Filonus y Mi metafísica).

Me refiero al asunto de apariencia y esencia, númenos y fenómenos.
Los filósofos/metafísicos y los teólogos, místicos y teósofos, suelen decir que todo lo que vemos, el mundo material, es mera apariencia. Pero esa afirmación no sirve para nada, pues, sea o no aparente, éste mundo tiene una extraordinaria coherencia.

No voy a extenderme aquí en esto (pues lo trato en Mi metafísica en detalle), pero el problema es que preguntar qué es una cosa es una pregunta sin sentido: si definimos esa cosa, lo que hacemos es definitiva es decir que esa cosa es otra cosa, lo que resulta absurdo.
Ese es el problema del isomorfismo y del conocimiento metafórico, que Lakoff y Johnson proponen o consideran, o ambas cosas a la vez, como la manera en que obtenemos nuestro conocimiento.
Pero ese es un argumento que lleva al absurdo: aunque es evidente que conocemos muchas cosas adaptándolas a cosas ya conocidas, en general, lo que hacemos es percibir cosas diversas y después abstraer formas comunes e isomorfismos explicativos. así, si usamos el célebre método mnemotécnico de las habitaciones, cuando aprendemos una lista de objetos no la percibimos gracias al isomorfismo mnemotécnico, sino que lo que hacemos es aprenderla y memorizarla gracias a ese isomorfismo, a esa relación bivalente entre algo poco familiar -los objetos- y algo familiar (las habitaciones).

Una respuesta

  1. Creo que al final queda claro que no es tan absurdo como digo al principio el preguntar qué es una cosa. cuando se habla de modo abstracto, ése argumento puede parecer convincente, pero si descendemos a la práctica, vemos que hay preguntas por el qué perfectamente razonables. Por ejemplo ¿Qué es? (¿Hombre o mujer?), que pueden ser respondidas sin caer en ningún círculo vicioso de isomorfismos autorreflejados.
    Otra: ¿qué es? (referido a algo que se percibe confusamente); en este segundo ejemplo no se da de antemano la opción de respuestas (hombre/mujer) a no ser que se considere que en la pregunta se halla implícito todo el universo, o cuando menos todo el universo conocido por el que pregunta. Cosa que es una de esas verdades triviales que tanto interesan a los filósofos obsesionados por el lenguaje y la epistemología.

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