“Otras veces, harto yo mismo de mi silencio, me entregaba a ciertas bromas, y mi ingenio, al ponerse en movimiento, me arrastraba más allá de toda mesura. Revelaba en un día las ridiculeces que había observado durante un mes. Los confidentes de mis súbitas efusiones no me las agradecían en absoluto, y tenían razón, ya que era la necesidad de hablar lo que se apoderaba de mí, y no la confianza. En las conversaciones con la mujer que, la primera, había contribuido a desarrollar mis ideas, contraje una inflexible aversión hacia todas las máximas comunes y todas las fórmulas dogmáticas. Así pues, cuando yo oía cómo la mediocridad se complacía en disertar sobre unos principios muy establecidos, muy incontestables, sobre moral o religión, me sentía llevado a contradecirla, no porque yo hubiese adoptado opiniones opuestas, sino porque me impacientaba ante una convicción tan firme y tan pesada. No sé qué clase de instinto me advertía, además, para que no me fiase de esos axiomas generales tan exentos de toda restricción, tan puros de todo matiz. Los necios hacen de su moral una masa compacta, para que se mezcle lo menos posible en sus acciones y los deje libres en todos los detalles”
(Benjamin Constand, ADOLPHE)
Este texto me gustó cuando lo leí hace ya muchos años y escribí un comentario. Bastante tiempo después lo clasifiqué entre mis escritos con el siguiente encabezamiento: Defensa de la forma contra el fondo. Contra los tópicos. Disentir en una conversación por aversión hacia el dogmatismo y los lugares comunes. En defensa de los matices.
El comentario era el siguiente:
”En alguno de mis cuentos he intentado decir lo mismo que Benjamín Constand expresa con tan aguda sencillez. Creo que en El Hombre de Budapest, donde uno de los personajes dice:
“El que yo discuta tus argumentos no significa que esté en desacuerdo con ellos, no contradigo tus ideas, sino, más bien, el modo en que las defiendes“.
A menudo se me ha acusado de contradecir a los demás por el simple placer de la discusión; se me reprocha, asimismo el que si uno dice blanco yo digo negro, y si otro dice negro, yo digo blanco. Repito lo anterior: en esas ocasiones no discuto si algo es blanco o negro, tan sólo intento señalar la fragilidad, a veces la falsedad, del razonamiento que lleva a decir blanco o a decir negro. Cito otro de mis cuentos, El Duelo:
“Todos podemos estar de acuerdo en mejorar el mundo, pero lo que realmente importa es el método que propone cada cual”.
Creo que en mi actitud y en la de Constand pueden adivinarse las huellas de la erística.”
Hasta aquí aquel comentario. Sólo añadiré que en Grecia se llamaba eristikoi a los que practicaban el arte de la disputa (eris=discordia), y que mi espíritu de contradicción se ha atenuado con el paso de los años. Ahora suelo dirigirlo a personas ya muertas o distantes, es decir: a los autores de los libros que leo.”
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Así que en este comentario a un comentario de un comentario, me gustaría añadir que, como ya he dicho en alguna ocasión, mi actual moderación viene de lejos. No soy desde hace tiempo un disputador profesional. De todos modos, es cierto que hay algunas situaciones en las que mi ardor polémico regresa. Por ejemplo, cuando mis interlocutores justifican de algún modo la injusticia o la crueldad, o cuando la afición de criticar a los demás llega a hacerse no ya aburrida, sino insoportable. Pero desconfío mucho de la elocuencia y de los razonamientos deslumbrantes y arrebatadores, pues con ellos casi siempre se obtienen victorias pírricas. Una vez disipado el humo de nuestro artificio verbal, no hay nada debajo: los que hoy parecen convencidos por nuestros razonamientos, al poco tiempo vuelven a pensar lo que pensaban. Además, cuando uno quiere tener razón a toda costa, a menudo se ve obligado, en el calor de la discusión, a ir inventando sobre la marcha argumentos y pruebas en los que realmente no cree, y a opinar con firmeza cosas de las que ayer mismo dudaba. Agustín de Hipona decía:
“La discusión es la única batalla en la que el que pierde, gana”.
Sé que cito tal vez demasiado a menudo esta frase. En mi defensa sólo puedo decir que, además de citarla, creo que es cierta.
Archivado bajo: filosofía | Etiquetado: Agustín de Hipona, Constand Bejamin, contradicción, conversaciones, crítica, discordia, dogmatismo, El duelo, El Hombre de Budapest, elocuencia, erística, eristikoi, forma y fondo, Frecia, malediciencia, matices, moderación, polémicas, razonar, tópicos
A más de 15 años des sucreación llego a leer este artículo impuesto por mis circunstancias personales. ¿Quién es capaz de contradecir al ser que habla con él? ¿Quién es dueño de la verdad?
La verdad es algo tan subjetivo, por no decir relativista, que nadie puede ser tan arrogante en contradecir a otra persona, máxime tratándse de cuestiones estrictamente personales, que es cuando más subjetivismo tiene esa verdad. Así como no es necesario compartir las ideas de los demás, tampoco nadie debe imponersenos sus ideas o cuestionar las propias
El límite del “espíritu de la contradicción” está en respetar las ideas de quienes nos rodean,en tanto y en cuanto no nos afecten a nosotros mismos.