Feyerabend, tras mostrar en sus análisis históricos el papel que han jugado concepciones consideradas no-científicas en el desarrollo de diversas teorías (copernicanismo, atomismo, etcétera) , propone de modo provocativo:
“Deberíamos considerar las concepciones del mundo ofrecidas por la Biblia, por el poema épico de Gilgamesh, por la Ilíada y los Edda como alternativas cosmológícas plenamente maduras que pueden usarse para modificar, e incluso sustituir, las cosmologías ‘científicas’ de un período dado (1981:31)”.
A quienes le responden que esas concepciones no son alternativas coherentes y que, de hecho, han sido ya rechazadas, Feyerabend pone un ejemplo elocuente de cómo una teoría que fue “arrojada al montón de escombros de la historia” (la idea pitagórica de que la tierra se mueve) fue recuperada siglos más tarde por Copérnico y sustituyó a la teoría aristotélico-tolemaica, que habla sido la ortodoxa durante dos mil años. (1981:35).
Lo mismo, añado yo, se puede decir del atomismo de Demócrito.
Pero parece claro que Feyerabend es de nuevo víctima de su tendencia al exceso. Si consideramos, por ejemplo, el caso del atomismo de Demócrito, podemos ver que es cierto, frente a muchas interpretaciones al uso, que se halla detrás del nacimiento del atomismo moderno de una manera muy importante en cuanto al contenido mismo (no como simple inspiradora). Pero de ahí a pensar que la teoría atómica de Demócrito es una concepción perfectamente madura que pueda sustituir a las actuales teorías científicas hay un gran trecho.
Sí es cierto, sin embargo, que una nueva revisión del atomismo puede tal vez esclarecer algunos problemas de la física actual, más por el espíritu, por lo que sugiere, que por la letra. Al fin y al cabo, el atomismo ha resurgido ya dos veces de sus cenizas en la época moderna. ¿Por qué no lo iba a hacer una tercera vez?
Quienes lo niegan taxativamente, deberán recordar que la física cuántica en el terreno teórico está muy lejos de dar respuesta a todos sus interrogantes y que podría surgir una alternativa con variables ocultas que hiciese plausible alguna clase de atomismo en el mundo subatómico.
Sea como sea, Feyerabend no se limita a señalar los ejemplos de teorías que han sido consideradas irracionales y después han encontrado un hueco en el corpus científico, sino que defiende también la validez cognoscitiva de concepciones ajenas a la ciencia ortodoxa occidental, desde la medicina china o la de los hopi, a la astrología. En su opinión “no hay razones que obliguen a preferir la ciencia y el racionalismo occidental a otras tradiciones, o que le presten mayor peso (1987:59)”
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