Lo que en la civilización occidental nos parece verdadero puede no serlo en otra cultura, dice Feyerabend, y no podemos usar nuestros propios patrones para medir la racionalidad de las culturas ajenas.
Según sus propios patrones, añado yo, hasta el Gran Inquisidor obraba racionalmente, puesto que, al quemar los cuerpos de los condenados salvaba su alma para toda la eternidad.
Estas consideraciones llevan a Feyerabend a adoptar el relativismo, y comparar del siguiente modo al objetivista (el racionalista occidental) con el relativista:
“El objetivista es señor y maestro. Puede que el relativista haga lo mismo, y a menudo lo hace, pero no intenta disfrazar su intolerancia con frases como la unidad del hombre en la razón o la búsqueda conjunta de la verdad, que son una parte de los componentes preferidos de la retórica de los racionalistas. Primero, un relativista confiesa abiertamente que prefiere sus ideas, y que no piensa desecharlas; después se dedica a imponerlas a los demás.” (1985:68).
(Sin embargo, Feyerabend añade que un relativista puede salir completamente trasformado de un debate.)
Más adelante añade que él prefiere decididamente a nuestros antepasados ‘primitivos’, que no tenían reparo en declarar que su ley era la única ley del Universo, que sus dioses eran los únicos realmente poderosos, y luego ‘intentaban propagar esa ley en nombre de su casta y no en nombre de una nebulosa ‘verdad’ o ‘razón’(1985:74).
Toda la argumentación de la que han sido extraídos estos pasajes es, en mi opinión, capciosa. El relativista cambia párrafo a párrafo de la tolerancia a la intolerancia y acaba siendo descrito como ese racionalista al que antes tantos reproches se le hacían. Distingue Feyerabend taxativamente entre lo que a uno le gusta y lo que cree que es correcto, como si a uno no pudiese gustarle actuar y pensar de manera correcta, aunque sea desde su subjetivo punto de vista.
Por otra parte, ¿qué dificultad hay para pensar que los cientifistas consideran la razón como la ley del universo?. Si lo hicieran explícitamente, ¿serían para Feyerabend tan dignos de consideración como los ‘primitivos’? Un cientifista dogmático podría decir:
“Efectivamente, para mi la Ley del Universo y mi Dios es la Razón o la Verdad. Así que seguiré con ello, e intentaré imponerlo sea como sea. Muchas gracias por su aportación, señor Feyerabend.”
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