Cuando las polémicas se hacen demasiado enconadas, se suele llegar a la curiosa situación en la que un contendiente puede ser vencido por sus enemigos, pero no porque estos refuten sus argumentos, sino porque él se ve llevado al absurdo de querer rebatir cualquier argumento si éste es empleado por sus rivales.
Releyendo Cómo ser un buen empirista, publicado en 1962, puede verse cómo Feyerabend fue llevado tiempo después (con el Tratado contra el método) por su propio impulso radical más allá de los límites que él mismo se había marcado movido por consideraciones de sentido común.
En Cómo ser un buen empirista, Feyerabend empezaba por asegurar en que su perspectiva general “deriva de la obra de Popper y David Bohm y que fue sometida a severa discusión con Kuhn (1976: 21).”
El Feyerabend de Cómo ser un buen empirista se preocupaba porque constataba que el empirismo dogmático iba contra el propio desarrollo de la ciencia y contra el sentido común y la razón. Por ello, defendía un pluralismo teórico, que no se limitase a aplicar el principio empirista de contrastar la teoría aceptada con los hechos.
No es difícil estar de acuerdo en que no existen hechos puros, en que cualquier observación está condicionada por una teoría previa, por una manera de mirar que sólo ve lo que quiere ver, etcétera.
Otra cuestión, que no puedo tratar aquí, es si un apriorismo teórico extremo puede llevar a absurdos no menos graves que los del empirismo ingenuo, pero lo cierto es que el propio Feyerabend modificó su opinión, y a mi modo de ver correctamente, en sus últimos años, y consideró que tanto la posición que sostiene la primacía de los datos sensoriales como la que defiende que el significado se “filtra en sentido descendente” desde el nivel teórico hasta el nivel de la observación” son posiciones “bastante ingenuas (1995: 113)”.
En cualquier caso, en Cómo ser un buen empirista, Feyerabend, desde una posición cercana a Popper, ataca el empirismo porque conduce al “establecimiento de una metafísica dogmática, y a la construcción de mecanismos de defensa que hacen que esta metafísica se encuentre a salvo de refutación por parte de una investigación experimental (1976:16, la cursiva es mía)”.
Para quien esté acostumbrado a los furibundos ataques de Feyerabend a cualquier metodología, nada puede sorprender más que afirmaciones como las que aparecen en Cómo ser un buen empirista:
“Intentaré asimismo dar una metodología positiva para las ciencias empíricas que no aliente por más tiempo la petrificación dogmática en nombre de la experiencia (1976:18)”.
Lo que en esencia propone Feyerabend en ese libro es que
“Puedes ser un buen empirista solamente si estás dispuesto a trabajar con muchas teorías alternativas más que con un solo punto de vista y la experiencia (1976:18)”.
En cierto modo, se puede considerar que Feyerabend defiende el operacionalismo: así por ejemplo, aunque la actual física cuántica sea la capaz de dar cuenta de todos los hechos experimentales (cosa que, por cierto, esta muy lejos de hacer), podría suceder que esos mismos hechos experimentales pudiesen encajar también en otro marco teórico. Y además, ese nuevo marco teórico podría no sólo mejorar algunos aspectos que no quedan bien explicados por el actual, sino añadir propuestas para nuevas observaciones que no son solicitadas siquiera por la concepción ortodoxa. En opinión de Feyerabend, pues, es imprescindible proponer continuamente alternativas a las teorías establecidas, incluso antes de que se presenten hechos que las pongan en una situación de crisis explicativa.
No es difícil estar de acuerdo con esta propuesta e incluso podemos observar que, de hecho, los físicos la aplican: así, la teoría de las supercuerdas se presenta como una alternativa teórica para explicar el micromundo, postulando la existencia de partículas (si así se las puede llamar todavía) que son a un electrón lo que un electrón es al planeta Tierra, y proponiendo, además, la existencia de diez dimensiones (nueve espaciales y una temporal). De la misma manera se puede entender la búsqueda de una TOE (Theory Of Everithing) o de una TGU (Theory of Great Unífication) que unifique las cuatro fuerzas fundamentales, aunque en tal búsqueda a menudo parecen contar tanto los prejuicios monistas o reduccionistas como los argumentos racionales.
Estos son algunos de los rasgos del Feyerabend anterior al Tratado. En algunos de ellos ya se adivinan algunas ideas que luego le harían célebre.
Feyerabend mismo recuerda que el Tratado fue escrito como una especie de juego entre Lakatos y él. Feyerabend debía formular una crítica en toda regla al racionalismo y a la idea de que los científicos se comportan racionalmente, mientras que Lakatos tenía que escribir una respuesta “haciéndome picadillo en el proceso” (1981: Nota introductoria).
Por ello,
“toda frase mordaz que pueda contener fue escrita pensando en una réplica, más mordaz aún, de su destinatario” (Ibid).
La muerte de Lakatos privó a Feyerabend de la réplica, pero no de su estilo mordaz, que ya nunca abandonó.
Es difícil saber si las opiniones de Feyerabend, muchas de ellas consideradas hoy, aunque sea sotto voce, de mero sentido común, habrían tenido la misma repercusión si no hubiesen sido expresadas de la manera mordaz, descarada y a menudo insultante que empleó. Su sinceridad ha sido confundida a menudo con mezquindad, y quizá haya algo de razón en ello, no lo sé.
Si ahora acudimos a Matando el tiempo, su autobiografía recientemente publicada, podremos descubrir, ya pasado el fragor del combate, como el propio Feyerabend percibe que fue llevado por las circunstancias a ciertas posturas extremas, que ahora matiza, aunque ello no afecte de manera grave a lo mejor de sus ideas.
Ya hemos visto que reconsideró su postura acerca de la primacía absoluta de la teoría sobre la observación (cosa en la que, por otra parte, coincidía con Popper), pero también cambió de opinión en cuestiones de mayor calado.
Así, en lo que se refiere al relativismo, después de haber sostenido que
“las culturas son entidades más o menos cerradas, con sus propios criterios y procedimientos, que son intrínsecamente valiosas y que no se debe interferir en ellas”,
pasó a pensar que:
“considerando cuánto han aprendido unas culturas de otras y con qué ingenio han trasformado los materiales reunidos de este modo… cada cultura es en potencia todas las culturas, y que las características culturales especiales son manifestaciones intercambiables de una sola naturaleza humana. Ello significa que las peculiaridades culturales no son sacrosantas. No existe una represión culturalmente auténtica, ni un asesinato culturalmente auténtico. Sólo hay represión y asesinato, y ambos deben ser tratados como tales, con determinación, si es necesario (1995: 144s).”
Pero ello no puede hacemos olvidar, y esto es algo que deberían recordar muchos anti-relativistas,
“que una vez comprendidas las posibilidades de cambio inherentes a cada cultura, debemos abrirnos al cambio antes de intentar cambiar a los demás… debemos prestar atención a los deseos, a las opiniones, a los hábitos, las sugerencias de la gente con la que estamos a punto de interferir, y debemos obtener nuestra información mediante la ampliación de los contactos personales, no desde lejos, no intentando ser ‘objetivos’, no asociándonos con los supuestos líderes (1995: 145)”.
También se dio cuenta Feyerabend de que había caído en el error de aquellos a los que quería combatir en el Tratado contra el Método, “introduciendo conceptos de parecida rigidez (que ‘verdad’ u ‘objetividad’), como ‘democracia’, ‘tradición’ o ‘verdad relativa’ (1995:173) “.
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