A partir del establecimiento del cogito comienzan las certezas.
La primera de ellas es la distinción entre alma y cuerpo, entre la res extensa y la res cogitans, que nos permite conocer “nuestra naturaleza” de seres pensantes, aunque dudemos todavía “de todo lo demás” (§8).
No parece, sin embargo, que el hecho de percibir que pensamos autorice a la distinción ontológica entre alma y cuerpo, del mismo modo que percibir el calor de un cuerpo nos permite afirmar que una cosa es el calor y otra el cuerpo, pero no que el primero pueda existir o exista sin el segundo. Ello requeriría una investigación o una reflexión más profunda.
El cogito nos dice que somos seres pensantes, pero no por qué lo somos ni cómo lo somos, pues también un personaje soñado puede pronunciarlo, como admite el propio Descartes: “considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden también ocurrírsenos cuando dormimos”
(Discurso del método, p272).
aq2000
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