Los argumentos de Yehuda Halevi y David de Dinant, tanto acerca de la conciliación entre presciencia divina y libre arbitrio, como en relación con las tres sustancias, fueron hechos en una época en la que la teología no sólo era el cauce por el que corría cualquier filosofía, sino su guardiana y dura madrastra, que no la dejaba andar sin las muletas religiosas.
Las filosofías de Halevi y Dinant son, en su momeneto y con tales limitaciones, admirables, pero hechas en 1917 por Rosenzweig, son algo parecido a filosofar desde una torre sin ventanas y no darse cuenta de que allá fuera el mundo ya no es el mismo, de que ya no podemos plantear ese esencialismo o sustancialismo que exige al lector aceptar una distinciones filosóficas aristotélico-medievales.
Algunos de los comentadores de Rozenzweig aluden a este hecho y señalan que Rozenzweig iba contra el pensamiento de su propia época de manera radical, pero la mayoría lo obvian como si ni siquiera se dieran cuenta.
Es cierto que se podría decir: un buen pensador no debe dejarse dominar por el espíritu de su época (su weltschaung) porque ese espíritu a menudo es tan perecedero y transitorio como otras modas de la época:
“Cuando el edificio de un mundo se desmorona los pensamientos que lo idearon, que lo entretejieron, se convierten también en ruinas, quedan sepultados bajo los escombros” (Rosenzweig en Hegel und der Staat)
Eso es cierto y, por ello, Rosenzweig parece decir: “Es que yo no hago mi tarea filosófica desde un rincón del siglo XX, sino desde la eternidad”. La respuesta a eso es que la fuente de su pensamiento también era epocal: procedía de los textos sagrados hebreos y cristianos y de la filosofía hebrea medieval, con toques de cristianismo de Agustín y algunas gotas del Islam. Épocas en las que el pensamiento estaba tan al servicio de las estructuras sociales dominantes con en la época de Bismarck que él critica.
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