Incluso en las obras que tienen un acto, tres actos o diez actos, como La Ronda, de Schnitzler, también hay tres actos.
Porque parece inevitable que el espectador aplique este esquema de los tres actos, de planteamiento, desarrollo y desenlace, incluso a lo que no lo tiene: se prepara para recibir una nueva información, se dispone a ver cómo se desarrolla esa información y, finalmente, tiene ganas de que eso termine, de que se llegue a algún lugar.
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