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La ética de la estética

Dice Wayne C.Booth en Las compañías que elegimos:

 

Hace veinticinco años, en la Universidad de Chicago, un escándalo menor sacudió a los integrantes del cuerpo docente de humanidades cuando discutían qué textos le asignarían a la camada de estudiantes que estaba a punto de ingresar. Huckleberry Finn llevaba muchos años en la lista y la presunción general era que allí seguiría una vez más. Pero de pronto, el único miembro negro del personal, Paul Moses, profesor adjunto de arte, cometió lo que en ese contexto parecía un agravio: un acto manifiesto, serio e intransigente de crítica ética. Su historia, que fue comentada en los pasillos y entre cafés en sala de profesores, era más o menos así:
“Me cuesta decir esto, pero de todos modos tengo que decirlo. Sencillamente, no puedo enseñar de nuevo Huckleberry Finn. La forma en que Mark Twain describe a Jim me resulta tan ofensiva que me enojo en clase, y no logro hacer entender a todos esos chicos blancos progresistas por qué estoy enojado. Más aún, no me parece correcto someter a los estudiantes, sean blancos o negros, a las muchas visiones distorsionadas de la raza sobre las que se basa ese libro. No, lo que objeto no es la palabra “nigger”, es toda una gama de prejuicios sobre la esclavitud y sus consecuencias, y sobre la forma en que los blancos deberían tratar a los esclavos liberados, y los esclavos liberados deberían comportarse o irían a comportarse con los blancos, buenos y malos. Ese libro es lisa y llanamente mala educación, y el hecho de que esté escrito de manera tan inteligente hace que me resulte aún más penoso”.

Todos sus colegas se ofendieron: obviamente, Moses estaba violando las normas académicas de objetividad. Para muchos de nosotros, era la primera experiencia con alguien del mundo académico que consideraba tan peligrosa una obra literaria como para no ponerla en el programa. Todos suponíamos que sólo “los de afuera” -esos enemigos de la cultura, los censores- hablaban sobre arte de esa forma. Recuerdo haber deplorado la mala formación que había vuelto al pobre Paul Moses incapaz de reconocer a un gran clásico cuando se hallaba ante él. ¿No se había percatado siquiera de que Jim es, de todos los personajes, el que está más cerca del centro moral? Obviamente, Moses no podía ni leer ni pensar apropiadamente las cuestiones que podían ser relevantes para juzgar el valor de una novela.

Tal vez la mejor manera de describir Las compañías que elegimos sea como un esfuerzo por descubrir por qué esa respuesta todavía muy generalizada al tipo de protesta de Paul Moses no sirve. Si bien me opondría, naturalmente, a cualquiera que tratase de proscribir el libro de mi aula, sostendré aquí que la lectura que Paul Moses hacía de Huckleberry Finn, una apreciación ética manifiesta, es una forma legítima de crítica literaria.”

 

Creo que el de Booth es un planteamiento interesante y que hay muchas posibilidades de que sea cierto.

Los excesos de los moralistas religiosos y de los comunistas y los fascistas en el siglo XX, han conseguido que cualquier apreciación ética parezca una intromisión intolerable en el terreno artístico, pero esa es una manera muy distorsionada de eliminar uno de los aspectos más importantes presente en casi cualquier obra de arte. Aunque ello no impide que se pueda examinar y disfrutar de una obra de arte al margen de sus valores éticos (que podamos considerar negativos), tampoco hay que prescindir de un elemento tan importante y que afecta sin duda a la apreciación de cualquier obra. ¿Qué podemos decir del teatro de Ibsen sin tener en cuenta la ética? Tal vez muy poco. Pero lo mismo se podría decir de Luciano, de Platón, de Montaigne y casi de cualquier autor, ya se trate de literatura, poesía o, por supuesto, ensayo.

 

Un ejemplo reciente: hablé hace poco con Iván Tubau, en principio opuesto a las valoraciones éticas, de la película de Kim Ki Duk Primavera, verano… Lo que le aleja de la película es la ética, una ética que justifica la violencia y la crueldad. Y tiene razón. Y es un factor muy importante para el espectador, que no puede dejarse de lado. En esa conversación, yo defendía paradójicamente, pero creo también con razón, que no siempre tengo que estar de acuerdo con la opinión de un director para apreciar una película.

3 comentarios

  1. Me parece adecuado escuchar las voces de la mente -y de afuera de ella- cuando éstas no dicen lo que uno tiene como predilección escuchar.
    Al fin y al cabo, sería más de lo mismo no hacerlo, porque uno entraría en el conocido juego de “poner la línea”: para acá todo bueno, para allá todo malo.
    Adhiero a tus apreciaciones, saludos!

  2. Etica y estética, el problema ciertamente dista de ser nuevo. Estoy convencido de que las obras de arte valen por su valor estético, fundamentalmente, y también por la moral que rezuman. Es evidente en este caso que los criterios morales vigentes en el contexto en que Twain escribió Huckleberry no podían dejar de aparecer en su obra, y el criticar ese hecho sería dejarse llevar por una visión anacrónica. Ello no impide la condena de esos valores, propios de la época y lugar en que se sitúa la narración, y la discusión amplia de la ética y estética de la misma. Muy pobres nos quedaríamos si sólo apreciáramos el arte que se adecua a nuestros actuales valores morales.

  3. Completando mi comentario anterior, y después de haber leído algo más sobre la vida y el pensamiento de Mark Twain, no me cabe duda de que en Huckleberry Finn, la obra, hay una aguda crítica al régimen esclavista vigente en ese Estado norteamericano en esa época.

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