Aristóteles se opuso explícitamente en su Ética a Nicómaco a la metafísica de las ideas de Platón. De aquí procede seguramente la célebre frase transcrita en latín: “Amicus Plato, sed magis amica veritas” (”Soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad”):
“Esta investigación nos resulta difícil por ser amigos nuestros los que han introducido estas ideas. Parece, sin embargo, que es mejor y que debemos sacrificar incluso lo que nos es propio, cuando se trata de salvar la verdad, especialmente siendo filósofos; pues siendo ambas cosas queridas, es justo preferir la verdad” (1096a, 10-15).
Y eso que crítica Aristóteles es la noción platónica de Bien Universal, pues a Aristóteles lo que le preocupa es la obtención práctica de ese bien que se busca: de nada serviría definir un bien idealizado pero inalcanzable para el ser humano. El reproche más o menos explícito a Platón es que subordina la ética a la metafísica.
Es un reproche que sin duda se podría hacer a algunas variantes del budismo, especialmente al Vajrayana, que, tras convencernos desde el punto de vista ético, nos alejan cuando descienden a una metafísica detallista y sutil que, no es que no tenga interés, sino que parece sobreponerse a la ética: parece que debemos hacer esto o lo otro no porque sea bueno, sino porque coincide con la estructura oculta de la Realidad, ya se trate de la rueda de las reencarnaciones o del velo de la ilusión.
Este es un reproche que se les puede hacer con toda justicia a los sistemas éticos que sufren de elefantiasis metafísica, como las seis escuelas ortodoxas de India, o el taoísmo mágico y alquímico que empezó a desarrollarse a partir de la dinastía Han. Y, por supuesto, al islamismo, el judaismo y el cristianismo.
[comentario a Ética de Demócrito y Aristóteles]
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