Emmanuel Swedenborg, un místico y filósofo sueco, decía que, cuando morimos, al principio no nos damos cuenta de que ya no estamos vivos y pasamos unos días en una especie de limbo parecido al mundo real.
Después alguien viene y nos muestra el Infierno y el Cielo y nos da a elegir a qué lugar queremos ir. Cualquiera pensaría que todos elegirán el cielo, pero, son muchos los que prefieren el Infierno, tal vez porque, como dice el tango, allá está la gente divertida.
Kore-Eda propone algo parecido. Los muertos llegan a un edificio no muy diferente de una gran escuela casi abandonada y allí son recibidos por unos funcionarios que les dicen que tienen que elegir de entre todos los recuerdos de su vida aquel que prefieran conservar para siempre.
Lo que propone Kore Eda tiene mucha relación con el motivo principal del Fausto de Goethe, el célebre “¡Detente instante!”, con el que es sellado el pacto demoniaco. Cuando Fausto pida a Mefistofeles que un instante se detenga y se convierta en eterno, entonces deberá entregar su alma a Satanás.
En After Life se nos pide que elijamos uno de esos momentos eternos que no pudimos detener en vida.
La cosa resulta difícil, yo mismo no pude evitar, mientras veía la película, ponerme a pensar en qué recuerdo elegiría de mi vida.
Una vez mi amiga Natalia dijo que al ver una buena película teorizas continuamente acerca de lo que está pasando y lo que va a pasar. Yo discutí si se trataba de un proceso consciente o en primer plano, pero lo cierto es que ella tenía razón. A menudo esas reflexiones te ocupa durante la proyección de la película de una manera tan intensa que no puedes librarte de ellas. Eso me sucedió también en La caja china.
En After Life, el runrún de mi pensamiento en paralelo buscando recuerdos era constante, y aumentaba a medida que la película avanzaba.
Fueron pasando por mi cabeza muchos recuerdos, algunos muy sencillos. Estuve tentado de quedarme con el recuerdo de un paseo en bicicleta por Irlanda. Y con muchos momentos de amor, pero, curiosamente, no con momentos de sexo puro.
El momento de una conversación caminando de noche en la ciudad, momentos en una discoteca casi vacía, antes de que empiece a llegar la gente y pensando que la vida es maravillosa, un paseo con mi madre de niño, en el que yo le acariciaba fascinado el codo.
Muchos de esos momentos se sitúan en mi adolescencia, pero otros son muy recientes. Llegué a la conclusión de que estaba satisfecho de mi vida, de la manera en que he vivido, y que me resultaría muy difícil elegir un único instante. Pero es posible que olvidase algún momento definitivo.
Uno casi imbatible era una noche en la que iba a salir, me peiné frente al espejo, me pinté los ojos, me vestí de negro, como casi siempre, y, con la chaqueta al hombro, bajé corriendo las escaleras, deseando meterme en la noche, feliz y voraz. Ese momento bajando las escaleras y saliendo a la noche de verano.
No hace falta decir que After Life me gustó muchísimo: cuando una película te provoca pensamientos tan deliciosos, ¿cómo no te va a gustar?
After life (Wandafuru Raifu), de Hirokazu Kore Eda
FICHA TÉCNICA
After life
Japón, 1998, 118 minutosDirección
Hirokazo Kore-edaProducción:
Shiho Sato y Masayuki AkiedaGuión:
Hirokazo Kore-edaFotografía:
Yutaka Yamazaki and Masayoshi SukitaProtagonistas:
Arata, Erika Oda, Taketoshi Naito, Susumu Terajima, Takashi Naito, Iseya Yusuke
Archivado bajo: filosofía | Etiquetado: Arata, Daniel Tubau, Erika Oda, Goethe, guión, guionista, instante eterno, Iseya Yusuke, Kore Eda Hirokazu, Las paradojas del guionista, paradojas, Susumu Terajima, Swedenborg, Takashi Naito, Taketoshi Naito, Wandafuru Raifu
Interesante la película, me gusto harto eso de que te preguntes adónde te quieres ir n_n yo no se con que recuerdo me quedaría, ajajajaj, preferiría recordar un sueño XD