• Daniel Tubau

  • LIBROS DE DANIEL TUBAU

    El guión del siglo 21



    El guión del siglo 21
    El futuro de la narrativa en el mundo audiovisual

    Alba editorial, 407 páginas. 22 €

    En este libro confluyen diversos asuntos que siempre han interesado a su autor: el mundo del guión, la narrativa audiovisual, la literatura clásica y moderna y la fascinación por el mundo digital, Internet y la tecnología. A todo ello hay que sumar la aversión de Daniel Tubau hacia las fórmulas dogmáticas que han dominado durante varias décadas el mundo del guión, tanto en el cine más comercial de Hollywood como en la televisión convencional. Curiosamente, las nuevas tecnologías han contribuido a poner en cuestión todas esas fórmulas mágicas previsibles y mecanizadas y al menos a permitir a muchos contar las cosas de otra manera.


    Las paradojas del guionista
    Reglas y excepciones en la práctica del guión
    390 páginas
    Con esta obra Daniel Tubau desmonta muchos de los tópicos que rodean el mundo del guión. Y lo hace rehuyendo las fórmulas magistrales y buscando más las excepciones que las normas.Y qué mejor manera de enfrentarse a ello que mediante paradojas propias de la creación. Todas se relacionan con la naturaleza de la redacción de guiones y el trabajo del guionista.
    (en Casa del Libro)




    Recuerdos de la era analógica,
    una antología del futuro
    Editorial Evohé

    Es un libro de ciencia ficción o de ficción especulativa, pero también un ensayo sobre la identidad, el conflicto entre el mundo digital y analógico, la mortalidad y la inmortalidad y muchos otros asuntos.
    Es una antología de textos que en gran parte todavía no se han escrito. Los antólogos han reunido todo tipo de escritos encontrados en lo que ellos llaman la Arqueo Red, la actual Internet, y por eso para ellos proceden del pasado, pero para nosotros son parte de nuestro presente y de nuestro futuro.
    Esos textos parecen tener alguna característica común, a pesar de que son muy diferentes, quizá porque en cierta manera predicen el futuro en el que viven los antólogos.
    Por alguna razón que no se explica claramente, la Arqueo red en el siglo XXV está cerrada, pero investigadores como los antólogos pueden acceder a ella.
    Libro electrónico (ebook) en Editorial Evohé
    Libro físico (papel) en
    Editorial Evohé


    Elogio de la infidelidad

    Elogio de la infidelidad se podría haber llamado En contra de la fidelidad, pero Daniel Tubau (premio Ciudad de Valencia de ensayo, 2009) ha preferido un elogio a una diatriba. Aunque es una crítica de la fidelidad desde la razón, este libro no pretende destruir ningún valor, sino construirlos desde un análisis sensible y preciso.
    Además de un ensayo, la obra es un canto a la libertad bien entendida y a la honestidad, a la inteligencia y a la razón. A buen seguro provocará en el lector diferentes reacciones y le hará pensar de otra manera sobre un asunto en el que abundan los prejuicios.
    Comprar ebook (2,60€) o libro en papel (9,70€)
    Editorial EVOHÉ




    La verdadera historia de las sociedades secretas
    Alba Editorial, 424 páginas

    La verdadera historia de las sociedades secretas desvela el saber oculto de los influyentes masones y francmasones, los misteriosos rosacruces, los esenios y sicarios contemporáneos de Jesucristo, los magos persas y los sacerdotes egipcios, los asesinos del Viejo de la Montaña, el priorato de Sión y los templarios. Daniel Tubau nos guía a través de un sinfín de ceremonias iniciáticas, cultos mistéricos, lenguajes secretos, símbolos y contraseñas o la asombrosa Cábala)
    (en Casa del Libro)

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    "La nueva teología" en
    El camino de los Mitos
    (en Ediciones Evohé)

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La filosofías de la ciencia

La filosofía de la ciencia es la disciplina que se ocupa del estudio de la ciencia.

Algunos filósofos de la ciencia examinan la historia de la ciencia para averiguar cómo operan los científicos.

Otros consideran más importante intentar definir los métodos válidos para que un conocimiento pueda ser considerado científico.

En cualquier caso, no se debe confundir la filosofía de la ciencia con la historia de la ciencia, ni siquiera en el caso de aquellos filósofos de la ciencia más interesados por la historia de la ciencia.

Conviene ocuparse de:


1. El conflicto entre la ciencia real y la doctrina oficial del método científico

Habrá que empezar por exponer cuál es la doctrina oficial del método científico. Debo hacerlo aquí de manera concisa, lo que supone una inevitable simplificación.
Hay que distinguir entre la antigua doctrina, que se puede considerar que arranca con Francis Bacon, continúa con Galileo y culmina en Newton, y las formulaciones actuales, polarizadas fundamentalmente en torno a dos autores: Popper y Kuhn.

La filosofía de la ciencia tradicional

La concepción tradicional del método científico se inicia con Bacon, quien considera en el Novum Organon que lo primero que tiene que hacer el científico es recopilar datos, a continuación clasificarlos (él proponía ordenarlos en sus célebres tablas), después observar las regularidades y correlaciones y, sólo entonces, formular generalizaciones o inferencias inductivas. Asienta así Bacon la primacía de la observación sobre la teoría, aunque una lectura cuidadosa de la primera parte del Novum Organon nos depara sorpresas que desdicen la tópica imagen del método baconiano, pero no es este lugar para tratar tal asunto.
Newton, el científico más respetado hasta la llegada de Einstein, también opina que:

“Las proposiciones particulares deben ser inferidas de los fenómenos, y luego hechas generales por inducción”.

Aunque se atribuye a Whewell la definición ortodoxa más explícita, ya se hallan en Newton, las primeras formulaciones del método hipotético/deductivo. Este método consiste, dice Newton, en:

“hacer experimentos y observaciones y de extraer conclusiones generales de los mismos mediante inducción, y no admitir objeciones contra las conclusiones, excepto las que proceden de experimentos, o de ciertas otras verdades”.

En definitiva, el método hipotético-deductivo consta de los siguientes pasos, según el esquema de Noretta Koertge (Koertge, 111):
1) Se plantea un problema científico
2) Se propone una teoría comprobable como solución
3) Se deduce una consecuencia observable de la teoría
4) Se hace un experimento para determinar la certeza de la consecuencia
4.1) Si la predicción deducida es correcta, se pone a prueba otra consecuencia
4.2) Si la predicción deducida es incorrecta, se propone otra teoría,

Por su parte, Popper sugiere una versión modificada de este método, rechazando el inductivismo e incidiendo en la importancia de las hipótesis: no se trata de inferir hipótesis a partir de una colección de observaciones, sino de examinar críticamente las hipótesis, lo que nos permitirá rechazar las que conducen a conclusiones falsas, cosa que, eso sí, también se determina a través de experimentos.

Pero las teorías, dice Popper, no se pueden comprobar: por muchas observaciones y experimentos que resulten favorables a una concepción científica, ésta no dejará de ser simplemente probable. Es más, si una teoría es irrefutable por definición, si es capaz de responder a cualquier prueba o circunstancia imaginable, no es una verdadera teoría científica. La demarcación entre ciencia y no ciencia, sostiene Popper, consiste precisamente en que la primera puede ser refutada, en que es falsable.

Métod hipotético-deductivo contra falsacionismo

Se pueden poner dos ejemplos para ilustrar la definición del método científico llamada método hipotético-deductivo y la de Popper:Método hipotético-deductivo

1.Problema: ¿De qué color son los cisnes? -

2. Teoría: los cisnes son blancos.

3. Consecuencia: todos los cisnes que sean observados han de ser blancos.

4. Experimento: se observa una cantidad significativa de cisnes (por ejemplo: 4000 cisnes)

4.1 Resultado positivo: Parece, en efecto que todos los cisnes son blancos.

Habrá, sin embargo que observar más cisnes, por ejemplo en Australia.

4.2 Resultado negativo: uno de los cisnes observados es negro (un cisne australiano).

Se rechaza (1) y se propone una nueva teoría: “Los cisnes son o blancos o negros”. También se puede reformular la teoría: “Todos los cisnes son blancos excepto los australianos”.

Método de Popper (falsación)

1. Problema: ¿De qué color son los cisnes?

2. Teoría: los cisnes son blancos.

3. Consecuencia: si se observa un cisne que no sea blanco, la teoría es incorrecta.

4. Experimento: se observa una cantidad significativa de cisnes (4000), buscando un cisne no-blanco.

4.1 Resultado Positivo: es decir, se encuentra un cisne negro.

La teoría ha quedado refutada.

4.2 Resultado negativo: es decir, no se encuentra ningún cisne no-negro.

La teoría no queda confirmada. Puede, tal vez, decirse que es una teoría probable, pero no se puede asegurar que sea correcta.

A primera vista, puede parecer que no existe mucha diferencia entre uno y otro método, pero hay algunas cosas que cambian según se sea confirmacionista o falsacionista.

El confirmacionista suele decir cosas como: “Está comprobado científicamente que…”; el falsacionista dirá: “No se conoce ningún ejemplo en contra de la teoría X”, o: “Es probable que la teoría X responda a la realidad de las cosas”.

4.3 Defensa del científico que no sigue las reglas

(Feyerabend y la filosofía de la ciencia)

En opinión de Feyerabend, los científicos que se atienen a reglas dificultan más que ayudan al progreso de la ciencia. Su posición es en ciertos aspectos coincidente con la que expresaba Ortega y Gasset al hablar de la barbarie del especialismo. Así, para Feyerabend no hay nada peor, para la verdadera ciencia, que los expertos:
“Tengo una gran opinión de la ciencia, pero muy pobre de los expertos, aunque actualmente ellos determinen la ciencia en un 95 por 100. Creo que son diletantes los que han sacado y todavía hoy sacan adelante a la ciencia y creo también que los expertos sólo consiguen paralizarla (1985:31)”.
Para Feyerabend, convertirse en un especialista supone una limitación inevitable del campo de visión, que lleva a caer en simplificaciones y reduccionismos, nacidos de la ignorancia de quien vive en una casa en la que se han tapiado todas las ventanas:
“Considero expertos a aquellos hombres y mujeres que han decidido llegar alto, muy alto, en un ámbito delimitado, a costa de un desarrollo equilibrado. El experto ha resuelto someterse a determinadas normas que le limitan de múltiples formas -incluyendo su estilo y su manera peculiar de hablar- y está dispuesto a dirigir la mayor parte de su vida consciente de acuerdo con estas normas (1985:32).

La consecuencia de esta especialización es la adopción de una jerga científica incomprensible que en vez de ayudar a pensar lo impide. Así, recuerda con admiración la manera de expresarse de Galileo y sus contemporáneos: “He observado, he visto, estaba sorprendido; ésta es la manera en que uno se dirige a un amigo o en todo caso a un ser humano vivo (1985:34s)”. Por contra, el lenguaje de los expertos,
“levanta un muro entre el escritor y su lector, y no por falta de conocimiento, no porque no se sepa quién es el lector, sino simplemente para formular aserciones que estén de acuerdo con un determinado ideal de objetividad profesional. Y es este idioma feo y desarticulado el que aparece por doquier y asume las funciones de las descripciones más claras y sencillas (1985:36)”.

Se puede, en apoyo del punto de vista de Feyerabend, mencionar un ejemplo estupendo de un científico que percibe la tergiversación que supone la manera de expresarse científica, y rectifica. Se trata del investigador del cerebro Michael Gazzaniga, quien en su fascinante libro El cerebro social comienza diciendo:
“Cuento la historia cronológicamente, tal como ocurrió. Sin embargo, mi primer borrador no lo escribí de esa forma. En él incurrí en la habitual postura científica de describir y explicar formalmente una idea, siguiendo un orden que implicaba que la interpretación teórica propuesta estaba elaborada de antemano en la mente, que después se realizaron los experimentos pertinentes, para finalmente presentar los resultados al mundo como un producto inexorable de la fría lógica. Son muy pocos, desde luego, los conocimientos humanos que surgen de esa forma, aunque la mayor parte de las descripciones de las odiseas científicas hagan creer al lector que la ‘investigación siempre avanza de forma lógica (Gazzaniga:11)”

4.2 Defensa del relativismo

(Feyerabend y la filosofía de la ciencia)

Lo que en la civilización occidental nos parece verdadero puede no serlo en otra cultura, dice Feyerabend, y no podemos usar nuestros propios patrones para medir la racionalidad de las culturas ajenas. Según sus propios patrones, añado yo, hasta el Gran Inquisidor obraba racionalmente, puesto que, al quemar los cuerpos de los condenados salvaba su alma para toda la eternidad. Estas consideraciones llevan a Feyerabend a adoptar el relativismo, y comparar del siguiente modo al objetivista (el racionalista occidental) con el relativista:

“El objetivista es señor y maestro. Puede que el relativista haga lo mismo, y a menudo lo hace, pero no intenta disfrazar su intolerancia con frases como la unidad del hombre en la razón o la búsqueda conjunta de la verdad, que son una parte de los componentes preferidos de la retórica de los racionalistas. Primero, un relativista confiesa abiertamente que prefiere sus ideas, y que no piensa desecharlas; después se dedica a imponerlas a los demás.” (1985:68). (Sin embargo, Feyerabend añade que un relativista puede salir completamente trasformado de un debate.)

Más adelante añade que él prefiere decididamente a nuestros antepasados ‘primitivos’, que no tenían reparo en declarar que su ley era la única ley del Universo, que sus dioses eran los únicos realmente poderosos, y luego ‘intentaban propagar esa ley en nombre de su casta y no en nombre de una nebulosa ‘verdad’ o ‘razón'(1985:74).
Toda la argumentación de la que han sido extraídos estos pasajes es, en mi opinión, capciosa. El relativista cambia párrafo a párrafo de la tolerancia a la intolerancia y acaba siendo descrito como ese racionalista al que antes tantos reproches se le hacían. Distingue Feyerabend taxativamente entre lo que a uno le gusta y lo que cree que es correcto, como si a uno no pudiese gustarle actuar y pensar de manera correcta, aunque sea desde su subjetivo punto de vista. Por otra parte, ¿qué dificultad hay para pensar que los cientifistas consideran la razón como la ley del universo?. Si lo hicieran explícitamente, ¿serían para Feyerabend tan dignos de consideración como los ‘primitivos’? Un cientifista dogmático podría decir:

“Efectivamente, para mi la Ley del Universo y mi Dios es la Razón o la Verdad. Así que seguiré con ello, e intentaré imponerlo sea como sea. Muchas gracias por su aportación, señor Feyerabend.”

En cualquier caso, se puede observar una cierta contradicción entre la defensa del relativismo de Feyerabend y su crítica de la idea kuhniana de la independencia de los paradigmas. Así, después de haber proporcionado aquellos ejemplos de teorías supuestamente inconmensurables que no lo son (las ‘metafísicas’ de Einstein y Bohr) dice cosas como: “La ciencia aristotélica tiene que medirse con patrones aristotélicos y la cuestión entonces es si sus resultados y normas deben preferirse o no a los resultados de las ciencias empíricas (1985:57), algo que, en mi opinión, es una mera boutade o una simpleza, pues la vara de medir, el instrumento comparador, no pueden ser las propias teorías enfrentadas, sino los problemas a los que estas intentan responder. El propio Aristóteles nunca pretendió aplicar tan peculiar método, sino que siempre, ante cada problema particular, recuerda las respuestas de sus predecesores y contemporáneos y compara las soluciones que dan unos y otros, mostrando dónde aquellos fallan y él acierta.
Otra cosa, pero que es tan evidente que resulta ridículo siquiera plantear seriamente el asunto, es si algo como la escuela del método de Stanislavsky es inconmensurable con la descripción del átomo de Bohr. Por supuesto que lo es, puesto que se ocupan de cosas distintas (la comparación si sería posible si se intentase determinar si es mejor para la salud mental de una persona estudiar en la escuela de Stanislavsky o en Los Álamos).

Acerca de Feyerabend

Cuando las polémicas se hacen demasiado enconadas, se suele llegar a la curiosa situación en la que un contendiente puede ser vencido por sus enemigos, pero no porque estos refuten sus argumentos, sino porque él se ve llevado al absurdo de querer rebatir cualquier argumento si éste es empleado por sus rivales.
Releyendo Cómo ser un buen empirista, publicado en 1962, puede verse cómo Feyerabend fue llevado tiempo después (con el Tratado contra el método) por su propio impulso radical más allá de los límites que él mismo se había marcado movido por consideraciones de sentido común.
En Cómo ser un buen empirista, Feyerabend empezaba por asegurar en que su perspectiva general “deriva de la obra de Popper y David Bohm y que fue sometida a severa discusión con Kuhn (1976: 21).”
El Feyerabend de Cómo ser un buen empirista se preocupaba porque constataba que el empirismo dogmático iba contra el propio desarrollo de la ciencia y contra el sentido común y la razón. Por ello, defendía un pluralismo teórico, que no se limitase a aplicar el principio empirista de contrastar la teoría aceptada con los hechos.

No es difícil estar de acuerdo en que no existen hechos puros, en que cualquier observación está condicionada por una teoría previa, por una manera de mirar que sólo ve lo que quiere ver, etcétera.

Otra cuestión, que no puedo tratar aquí, es si un apriorismo teórico extremo puede llevar a absurdos no menos graves que los del empirismo ingenuo, pero lo cierto es que el propio Feyerabend modificó su opinión, y a mi modo de ver correctamente, en sus últimos años, y consideró que tanto la posición que sostiene la primacía de los datos sensoriales como la que defiende que el significado se “filtra en sentido descendente” desde el nivel teórico hasta el nivel de la observación” son posiciones “bastante ingenuas (1995: 113)”.
En cualquier caso, en Cómo ser un buen empirista, Feyerabend, desde una posición cercana a Popper, ataca el empirismo porque conduce al “establecimiento de una metafísica dogmática, y a la construcción de mecanismos de defensa que hacen que esta metafísica se encuentre a salvo de refutación por parte de una investigación experimental (1976:16, la cursiva es mía)”.
Para quien esté acostumbrado a los furibundos ataques de Feyerabend a cualquier metodología, nada puede sorprender más que afirmaciones como las que aparecen en Cómo ser un buen empirista:

“Intentaré asimismo dar una metodología positiva para las ciencias empíricas que no aliente por más tiempo la petrificación dogmática en nombre de la experiencia (1976:18)”.

Lo que en esencia propone Feyerabend en ese libro es que

“Puedes ser un buen empirista solamente si estás dispuesto a trabajar con muchas teorías alternativas más que con un solo punto de vista y la experiencia (1976:18)”.

En cierto modo, se puede considerar que Feyerabend defiende el operacionalismo: así por ejemplo, aunque la actual física cuántica sea la capaz de dar cuenta de todos los hechos experimentales (cosa que, por cierto, esta muy lejos de hacer), podría suceder que esos mismos hechos experimentales pudiesen encajar también en otro marco teórico. Y además, ese nuevo marco teórico podría no sólo mejorar algunos aspectos que no quedan bien explicados por el actual, sino añadir propuestas para nuevas observaciones que no son solicitadas siquiera por la concepción ortodoxa. En opinión de Feyerabend, pues, es imprescindible proponer continuamente alternativas a las teorías establecidas, incluso antes de que se presenten hechos que las pongan en una situación de crisis explicativa.
No es difícil estar de acuerdo con esta propuesta e incluso podemos observar que, de hecho, los físicos la aplican: así, la teoría de las supercuerdas se presenta como una alternativa teórica para explicar el micromundo, postulando la existencia de partículas (si así se las puede llamar todavía) que son a un electrón lo que un electrón es al planeta Tierra, y proponiendo, además, la existencia de diez dimensiones (nueve espaciales y una temporal). De la misma manera se puede entender la búsqueda de una TOE (Theory Of Everithing) o de una TGU (Theory of Great Unífication) que unifique las cuatro fuerzas fundamentales, aunque en tal búsqueda a menudo parecen contar tanto los prejuicios monistas o reduccionistas como los argumentos racionales.
Estos son algunos de los rasgos del Feyerabend anterior al Tratado. En algunos de ellos ya se adivinan algunas ideas que luego le harían célebre.
Feyerabend mismo recuerda que el Tratado fue escrito como una especie de juego entre Lakatos y él. Feyerabend debía formular una crítica en toda regla al racionalismo y a la idea de que los científicos se comportan racionalmente, mientras que Lakatos tenía que escribir una respuesta “haciéndome picadillo en el proceso” (1981: Nota introductoria).

Por ello,

“toda frase mordaz que pueda contener fue escrita pensando en una réplica, más mordaz aún, de su destinatario” (Ibid).

La muerte de Lakatos privó a Feyerabend de la réplica, pero no de su estilo mordaz, que ya nunca abandonó.
Es difícil saber si las opiniones de Feyerabend, muchas de ellas consideradas hoy, aunque sea sotto voce, de mero sentido común, habrían tenido la misma repercusión si no hubiesen sido expresadas de la manera mordaz, descarada y a menudo insultante que empleó. Su sinceridad ha sido confundida a menudo con mezquindad, y quizá haya algo de razón en ello, no lo sé.
Si ahora acudimos a Matando el tiempo, su autobiografía recientemente publicada, podremos descubrir, ya pasado el fragor del combate, como el propio Feyerabend percibe que fue llevado por las circunstancias a ciertas posturas extremas, que ahora matiza, aunque ello no afecte de manera grave a lo mejor de sus ideas.
Ya hemos visto que reconsideró su postura acerca de la primacía absoluta de la teoría sobre la observación (cosa en la que, por otra parte, coincidía con Popper), pero también cambió de opinión en cuestiones de mayor calado.
Así, en lo que se refiere al relativismo, después de haber sostenido que

“las culturas son entidades más o menos cerradas, con sus propios criterios y procedimientos, que son intrínsecamente valiosas y que no se debe interferir en ellas”,

pasó a pensar que:

“considerando cuánto han aprendido unas culturas de otras y con qué ingenio han trasformado los materiales reunidos de este modo… cada cultura es en potencia todas las culturas, y que las características culturales especiales son manifestaciones intercambiables de una sola naturaleza humana. Ello significa que las peculiaridades culturales no son sacrosantas. No existe una represión culturalmente auténtica, ni un asesinato culturalmente auténtico. Sólo hay represión y asesinato, y ambos deben ser tratados como tales, con determinación, si es necesario (1995: 144s).”

Pero ello no puede hacemos olvidar, y esto es algo que deberían recordar muchos anti-relativistas,

“que una vez comprendidas las posibilidades de cambio inherentes a cada cultura, debemos abrirnos al cambio antes de intentar cambiar a los demás… debemos prestar atención a los deseos, a las opiniones, a los hábitos, las sugerencias de la gente con la que estamos a punto de interferir, y debemos obtener nuestra información mediante la ampliación de los contactos personales, no desde lejos, no intentando ser ‘objetivos’, no asociándonos con los supuestos líderes (1995: 145)”.

También se dio cuenta Feyerabend de que había caído en el error de aquellos a los que quería combatir en el Tratado contra el Método, “introduciendo conceptos de parecida rigidez (que ‘verdad’ u ‘objetividad’), como ‘democracia’, ‘tradición’ o ‘verdad relativa’ (1995:173) “.

La barbarie del especialismo según Feyerabend

En opinión de Feyerabend, los científicos que se atienen a reglas dificultan más que ayudan al progreso de la ciencia. Su posición es en ciertos aspectos coincidente con la que expresaba Ortega y Gasset al hablar de la barbarie del especialismo. Así, para Feyerabend no hay nada peor, para la verdadera ciencia, que los expertos:

“Tengo una gran opinión de la ciencia, pero muy pobre de los expertos, aunque actualmente ellos determinen la ciencia en un 95 por 100. Creo que son diletantes los que han sacado y todavía hoy sacan adelante a la ciencia y creo también que los expertos sólo consiguen paralizarla (1985:31)”.

Para Feyerabend, convertirse en un especialista supone una limitación inevitable del campo de visión, que lleva a caer en simplificaciones y reduccionismos, nacidos de la ignorancia de quien vive en una casa en la que se han tapiado todas las ventanas:

“Considero expertos a aquellos hombres y mujeres que han decidido llegar alto, muy alto, en un ámbito delimitado, a costa de un desarrollo equilibrado. El experto ha resuelto someterse a determinadas normas que le limitan de múltiples formas -incluyendo su estilo y su manera peculiar de hablar- y está dispuesto a dirigir la mayor parte de su vida consciente de acuerdo con estas normas (1985:32).

La consecuencia de esta especialización es la adopción de una jerga científica incomprensible que en vez de ayudar a pensar lo impide. Así, recuerda con admiración la manera de expresarse de Galileo y sus contemporáneos:

“He observado, he visto, estaba sorprendido; ésta es la manera en que uno se dirige a un amigo o en todo caso a un ser humano vivo (1985:34s)”.

Por contra, el lenguaje de los expertos,

“levanta un muro entre el escritor y su lector, y no por falta de conocimiento, no porque no se sepa quién es el lector, sino simplemente para formular aserciones que estén de acuerdo con un determinado ideal de objetividad profesional. Y es este idioma feo y desarticulado el que aparece por doquier y asume las funciones de las descripciones más claras y sencillas (1985:36)”.

Se puede, en apoyo del punto de vista de Feyerabend, mencionar un ejemplo estupendo de un científico que percibe la tergiversación que supone la manera de expresarse científica, y rectifica. Se trata del investigador del cerebro Michael Gazzaniga, quien en su fascinante libro El cerebro social comienza diciendo:

“Cuento la historia cronológicamente, tal como ocurrió. Sin embargo, mi primer borrador no lo escribí de esa forma. En él incurrí en la habitual postura científica de describir y explicar formalmente una idea, siguiendo un orden que implicaba que la interpretación teórica propuesta estaba elaborada de antemano en la mente, que después se realizaron los experimentos pertinentes, para finalmente presentar los resultados al mundo como un producto inexorable de la fría lógica. Son muy pocos, desde luego, los conocimientos humanos que surgen de esa forma, aunque la mayor parte de las descripciones de las odiseas científicas hagan creer al lector que la ‘investigación siempre avanza de forma lógica (Gazzaniga:11)”

Feyerabend y la inconmensurabilidad

Se puede observar una cierta contradicción entre la defensa del relativismo de Feyerabend y su crítica de la idea kuhniana de la independencia de los paradigmas.

Así, después de haber proporcionado aquellos ejemplos de teorías supuestamente inconmensurables que no lo son (las ‘metafísicas’ de Einstein y Bohr) dice cosas como:

“La ciencia aristotélica tiene que medirse con patrones aristotélicos y la cuestión entonces es si sus resultados y normas deben preferirse o no a los resultados de las ciencias empíricas (1985:57)

Eso es algo que, en mi opinión, es una mera boutade o una simpleza, pues la vara de medir, el instrumento comparador, no pueden ser las propias teorías enfrentadas, sino los problemas a los que estas intentan responder.

El propio Aristóteles nunca pretendió aplicar tan peculiar método, sino que siempre, ante cada problema particular, recuerda las respuestas de sus predecesores y contemporáneos y compara las soluciones que dan unos y otros, mostrando dónde aquellos fallan y él acierta.

Otra cosa, pero que es tan evidente que resulta ridículo siquiera plantear seriamente el asunto, es si algo como la escuela del método de Stanislavsky es inconmensurable con la descripción del átomo de Bohr.

Por supuesto que lo es, puesto que se ocupan de cosas distintas (la comparación si sería posible si se intentase determinar si es mejor para la salud mental de una persona estudiar en la escuela de Stanislavsky o en Los Álamos).

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